miércoles, 1 de noviembre de 2017

Activo el modo avión del ordenador y como un truco exitoso de escapismo de un momento a otro la única conexión ahora es conmigo. Siempre he sido de la idea que las redes son una extensión de la realidad, o eso quisiera creer.

¿Qué sería de mí ahora sin los “buenos días” con imágenes motivacionales de mamá al despertar?, ¿Cómo podría ver que el pequeño Dante ha dejado de ser el bebé que apenas meses atrás arrullaba en mis brazos? ¿Habrá existido forma de enterarme de catástrofes y glorias que han pasado en mi tierra? ¿Mi tierra? ¿Le había llamado antes “mi tierra”?
A México no le aterran kilómetros de murallas, playas en medio del desierto, comunidades, acentos, libros, comida, personas, pieles, pensamientos, costumbres; sabe que mi corazón le es fiel, que añoro día a día el chocolate caliente de Coyoacán, las calaveritas de azúcar, los tamales de mamá con mucha piña, el pozole de la abuela, la música de papá sonando por toda la casa, los huesitos del pan de muerto, la calle de Madero…
La patria es como una cuerda fiel que tira de ti, retadora a cualquier distancia, pienso mientras observo el reloj que va sin prisa; suspira como quien ha llegado a la meta después de una carrera larga, y me mira concentrada, quizá se burla de lo poco que se me da esto de aprovechar el tiempo. Yo, por mi cuenta muevo los dedos como la niña ansiosa que un día fui.
Hay humo de cigarrillo en el ambiente fusionado con café, el mejor café que he probado, y caras (desconocidas todas), cuyos rasgos aún no identifico pero que seguro son característicos y propios de aquí. Miro nuevamente el reloj y con un huequito en el pecho y un atado a la garganta pienso en una línea de Sastre que atrevidamente afirma que uno es de donde ríe; en automático cojo la cuerda que me ata a casa para hacer un columpio (o culumpio, como dicen algunos por aquí), lo sujeto fuerte mientras bebo el último sorbo de café, cuya taza en su interior sugiere que vuelva pronto, sin saber que hoy soy un vaivén, producto del viento frío (que ya no me enferma) de Bogotá y un empujoncito por la espalda. Y río, cierro los ojos y elevo osadamente los brazos como quien ha dejado el miedo por los suelos.
Tengo la corriente a mi favor, el modo avión ahora desactivado, las palabras de mamá por las mañanas, y una taza de café que me arrebata una sonrisa, no más... hogar, dulce hogar.



martes, 23 de mayo de 2017

Carta al cielo

La puerta de casa se cierra por última vez para mí. Observo el luto anticipado de los que un día juraron amarme. Se inundan sus rostros de lágrimas. Inoportuna es la risa del niño que ignora lo ocurrido.

Del vetusto armario yace el vestido que mejor acentuaba mi figura. Mamá desconsolada arropa mis alas y deja al descubierto mis pies; "quiero llegar bailando al cielo", le dije un día, como sentencia que no olvida. 

La lista de cosas por hacer quedará pendiente dado tal contratiempo. Se hablarán de mis glorias, de lo valiente que era al llamarme cobarde y el fastidio que causaba mi risa en el patio del colegio. Que amé a papá como a ningún otro hombre y que quizá él no lo sepa (o ahora se entera). Que entendí que el amor es mera sincronización de tiempo, espacio y forma, y a modo de petición que no me llore quien no me quiso.

En vida recibí un racimo de bienintencionadas rosas rojas en manos de la timidez y quebrantado ego de la persona al que heredé mi memoria, no busquen más derechos particulares porque no existen. 

Pese a mi desnudez de entrañas siempre seré un corazón latente, porque  la vida se trata de dar a manos llenas aunque se nos vacíe el alma. 

Hoy se cierra por última vez la puerta a la que corría en punto de las veintidós horas cada noche por el arribo de papá con el pan caliente para cenar en la mesa que ocupábamos sin falta siete. Me quedo fuera y no hay retorno aunque las plegarias así lo pretendan. 

No me voy, me quedo siempre, con un cuerpo que no verá pasar el tiempo, con una última melodía en mi cabeza (para no perder la costumbre).

Sécate los ojos, canta y no me llores, "Cielito lindo", que en tu mirada vivo. 

"Always remember there was nothing worth sharing like the love that let us share our name." 

lunes, 27 de marzo de 2017

Cualquiera diría que somos adictos al humo que sale de tus cigarrillos.

Dicen que para dejar un vicio necesitas rendirte ante él, aceptarlo. Yo lo asumo, reconozco como única adicción la cajetilla de cigarros que consumes diariamente. Cigarrillo para comenzar el día, para después de comer, para la ansiedad, para el sin quehacer o para dormir mejor.

Lo mío son los besos de quien arroja el aire a bocanadas, y no es sorpresa, quien me conoce sabe que siempre me ha gustado la bruma. Ahogarme en boca del que no tuvo palabras para mí, que el humo expulsado se dirija a mis labios, sin más. Y lo que no lo mató a él, me mate a mí, que se cuele dentro, que contamine mis entrañas, que me escueza con la frialdad característica de los días contados. 

Lo mío es la niebla, las verdades a medias, una casa en llamas que te niegas a abandonar por temor a perder lo que por años has construido, por muy en ruinas que ésta se haya encontrado antes de la catástrofe. 

Lo mío son nombres cortándome la voz y humo en la garganta, como a quien le apunta un arma por la espalda. 

Soy un bosque ardiendo, la hierba que no supo ser mala y muere al primer jalón, con un mañana que suspira por florecer. 

Quiero hacerme fuerte, vivir como si fuera la última fumada de quien ha dicho por vez primera un te amo...
¿Tienes fuego? 





lunes, 6 de marzo de 2017

Perdón por los bailes.

Hubiera preferido jamás conocer tu nombre para no anudarlo al mío, quedarme con la esperanzada incógnita corriéndose por mi garganta mientras tú bailabas con la rubia de vestido rojo que te observaba como quien ha bebido cuatro copas de valentía.
Retroceder un par de pasos y permanecer sentada en la barra de aquel bar que ahora frecuento; negar mis dotes de bailarina y darle la espalda a esa propuesta tuya para así evitarme esta vergüenza que yace del bolsillo izquierdo donde guardo a menudo el móvil, con la gris y cruda notificación de un ser que es ignorado. "Quizá sigue dormido", me miento tras mirar la pantalla, evadiendo que no volverás a llamar, porque el silencio grita cuánto le importas o no a alguien y en ese momento yo ya tenía la respuesta.
Quisiera no haber tomado tu mano, besado tu cuello, desenredado tu barba, enmarañarte a mis cabellos, sumergirme en la profundidad de tus anteojos que esa madrugada afirmaban tener miedo de verme lejos de ti.
Me he armado y desarmado tantas veces que podrían vender mi alma en la cajita de un puzzle de mil piezas, para que los pacientes me dediquen su tiempo, sabiéndose víctimas de un juego cuyo desenlace anhelan. Que no me quieran fácil y descomplicada, y procuren no comenzar por las esquinas, que su audacia los dirija al centro, donde cada movimiento es un reto que despeja el aburrimiento.
Ansío tiempo valorado, de ése que hablas con cierta presunción haciéndole saber a todo el que se encuentre a tu alrededor que cada segundo invertido ha merecido la pena.
No busco escondites ni laberintos, quiero que al final todo empiece como el paisaje que estabas esperando. ¿O no es así como se cumplen los sueños?

miércoles, 22 de febrero de 2017

Tormentas en tazas de café.

Hace ya varios días que la cotidianidad me pinta el dedo; se burla la hórrida alarma puntual de mi exagerado estrés, así como la taza de café que no cesó mi sueño pero que inundó mi alma (qué irónico es hablar del alma con dolo).
Reordeno la habitación con la mera intención de encontrar bajo el montón de ropa que ese “algo”; un “no sé qué” (o quien), que me deje en ruinas.
Yo no quiero que me salven, quiero que revuelvan los cajones, que empolven las esquinas de cada rincón de esta casa que no es ni será la suya.
No quiero misericordia, pido el banquillo de acusado, con la esperanza a un juicio que esta vez sea en mi contra y pensar algún día en arrepentirme.
Yo no quiero besos en la frente, quiero arañazos en la espalda, me quedo con las heridas superficiales que no recordaré al cuarto día.
Que no, yo no quiero que me salven, quiero que griten mi nombre y corran, prefiero toda la incertidumbre que cabe en mis manos le encuentre y cantemos gloria.
Quiero exorcismos de esperanza, orgasmos en la escalera y taras para la cima de la alacena.
No quiero que me hagan el amor, quiero que me deshagan todo el que me han hecho y esta vez no escribirlo...
...quiero vivirlo.

lunes, 2 de enero de 2017

De rotacismo mal curado.

Todas las desgracias de mi vida llevan escrita la letra erre. De pequeña ni siquiera era capaz de pronunciarla correctamente, guardaba su sonido en mi garganta e imponía como una vil condena jamás relacionarme con alguien cuyo nombre pusiera trabas a mi lengua. No Andrés, no Pedro, no Adrián y no Alejandro. Ninguno para mí dadas las circunstancias.
Tiempo después llegó él;  Rrrrr, Rrrrr; viaja aire a mi paladar, y mi lengua baila a un ritmo que desconoce cuando pronuncio su nombre. Efectivamente, a mí una erre me atravesó el alma. 

De haber sabido pronunciarle le hubiera hecho prosa, le anotaría en la libreta que viaja conmigo para recitarle en la estación de radio que escuchan los que se dicen románticos a las seis de la mañana. Pero no, él llegó a hacer eco, a esparcirse en las entrañas, a ensordecer y querer buscarle  mientras corría, o huía, (aún no lo sé), dejándome esta inquietud de extemporáneos segundos. 

De existir un hubiera le pronunciaría sin erre gutural. A decir verdad le cantaría mientras nos hace sonido Cohen. Pero no; ingenuamente me limito a escribir, a inventar historias que convenzan futuros donde su edad es igual a la mía, y no uno o dos, cuatro, o trece años más que asfixian nuestras pláticas. Joder, por su puesto que entiendo sus chistes, que me han contado en el colegio lo que se llevó el noventa, que su mundo no me queda grande y cabe nuestro ego en una cama que no es para dos, que la vida le ha tratado bien y no parece mi padre (papá es más guapo). Que puedo no asistir a la clase del profesor más arisco, si ésta coincide con un día que no sea claro, cierre contable, apagar su móvil y ser su única preocupación por lo que dura ese instante.

En efecto, a mí una erre me atravesó el alma y se llevó mi vida, sin viajes a Europa, ni carros, ni hijos, perros y empleados, como si la suya no le fuera suficiente. 

Eventualmente soy pantomimas, ausencia de voz, ademanes, arte... ¡ah!, y una erre en la garganta.



domingo, 1 de enero de 2017

Adiós tormenta, no vuelvas a por mí.

Estréllate, rompe las gafas e identifica mi rostro con tus manos.
Estréllate y quiébrate, quiero la esquina de tu cuerpo que no corta.
Estréllate, enciéndete y fúndeme; tómame como quien tirita de frío.
Estréllate y eleva los brazos, regocíjate de la caída, más tarde yo lameré tus rodillas.
Estréllate y desordena la habitación, hazme buscarte entre los cajones repletos de fotos viejas.
Estréllate, debilita mis cimientos e inúndame.
Estréllate que la guerra ya está decretada; mírame con la ves a ella y firmemos la paz.

Estréllate, sé todos los desastres pero no me hagas pagar ni una vez más los daños.