lunes, 6 de marzo de 2017

Perdón por los bailes.

Hubiera preferido jamás conocer tu nombre para no anudarlo al mío, quedarme con la esperanzada incógnita corriéndose por mi garganta mientras tú bailabas con la rubia de vestido rojo que te observaba como quien ha bebido cuatro copas de valentía.
Retroceder un par de pasos y permanecer sentada en la barra de aquel bar que ahora frecuento; negar mis dotes de bailarina y darle la espalda a esa propuesta tuya para así evitarme esta vergüenza que yace del bolsillo izquierdo donde guardo a menudo el móvil, con la gris y cruda notificación de un ser que es ignorado. "Quizá sigue dormido", me miento tras mirar la pantalla, evadiendo que no volverás a llamar, porque el silencio grita cuánto le importas o no a alguien y en ese momento yo ya tenía la respuesta.
Quisiera no haber tomado tu mano, besado tu cuello, desenredado tu barba, enmarañarte a mis cabellos, sumergirme en la profundidad de tus anteojos que esa madrugada afirmaban tener miedo de verme lejos de ti.
Me he armado y desarmado tantas veces que podrían vender mi alma en la cajita de un puzzle de mil piezas, para que los pacientes me dediquen su tiempo, sabiéndose víctimas de un juego cuyo desenlace anhelan. Que no me quieran fácil y descomplicada, y procuren no comenzar por las esquinas, que su audacia los dirija al centro, donde cada movimiento es un reto que despeja el aburrimiento.
Ansío tiempo valorado, de ése que hablas con cierta presunción haciéndole saber a todo el que se encuentre a tu alrededor que cada segundo invertido ha merecido la pena.
No busco escondites ni laberintos, quiero que al final todo empiece como el paisaje que estabas esperando. ¿O no es así como se cumplen los sueños?

miércoles, 22 de febrero de 2017

Tormentas en tazas de café.

Hace ya varios días que la cotidianidad me pinta el dedo; se burla la hórrida alarma puntual de mi exagerado estrés, así como la taza de café que no cesó mi sueño pero que inundó mi alma (qué irónico es hablar del alma con dolo).
Reordeno la habitación con la mera intención de encontrar bajo el montón de ropa que ese “algo”; un “no sé qué” (o quien), que me deje en ruinas.
Yo no quiero que me salven, quiero que revuelvan los cajones, que empolven las esquinas de cada rincón de esta casa que no es ni será la suya.
No quiero misericordia, pido el banquillo de acusado, con la esperanza a un juicio que esta vez sea en mi contra y pensar algún día en arrepentirme.
Yo no quiero besos en la frente, quiero arañazos en la espalda, me quedo con las heridas superficiales que no recordaré al cuarto día.
Que no, yo no quiero que me salven, quiero que griten mi nombre y corran, prefiero toda la incertidumbre que cabe en mis manos le encuentre y cantemos gloria.
Quiero exorcismos de esperanza, orgasmos en la escalera y taras para la cima de la alacena.
No quiero que me hagan el amor, quiero que me deshagan todo el que me han hecho y esta vez no escribirlo...
...quiero vivirlo.

lunes, 2 de enero de 2017

De rotacismo mal curado.

Todas las desgracias de mi vida llevan escrita la letra erre. De pequeña ni siquiera era capaz de pronunciarla correctamente, guardaba su sonido en mi garganta e imponía como una vil condena jamás relacionarme con alguien cuyo nombre pusiera trabas a mi lengua. No Andrés, no Pedro, no Adrián y no Alejandro. Ninguno para mí dadas las circunstancias.
Tiempo después llegó él;  Rrrrr, Rrrrr; viaja aire a mi paladar, y mi lengua baila a un ritmo que desconoce cuando pronuncio su nombre. Efectivamente, a mí una erre me atravesó el alma. 

De haber sabido pronunciarle le hubiera hecho prosa, le anotaría en la libreta que viaja conmigo para recitarle en la estación de radio que escuchan los que se dicen románticos a las seis de la mañana. Pero no, él llegó a hacer eco, a esparcirse en las entrañas, a ensordecer y querer buscarle  mientras corría, o huía, (aún no lo sé), dejándome esta inquietud de extemporáneos segundos. 

De existir un hubiera le pronunciaría sin erre gutural. A decir verdad le cantaría mientras nos hace sonido Cohen. Pero no; ingenuamente me limito a escribir, a inventar historias que convenzan futuros donde su edad es igual a la mía, y no uno o dos, cuatro, o trece años más que asfixian nuestras pláticas. Joder, por su puesto que entiendo sus chistes, que me han contado en el colegio lo que se llevó el noventa, que su mundo no me queda grande y cabe nuestro ego en una cama que no es para dos, que la vida le ha tratado bien y no parece mi padre (papá es más guapo). Que puedo no asistir a la clase del profesor más arisco, si ésta coincide con un día que no sea claro, cierre contable, apagar su móvil y ser su única preocupación por lo que dura ese instante.

En efecto, a mí una erre me atravesó el alma y se llevó mi vida, sin viajes a Europa, ni carros, ni hijos, perros y empleados, como si la suya no le fuera suficiente. 

Eventualmente soy pantomimas, ausencia de voz, ademanes, arte... ¡ah!, y una erre en la garganta.



domingo, 1 de enero de 2017

Adiós tormenta, no vuelvas a por mí.

Estréllate, rompe las gafas e identifica mi rostro con tus manos.
Estréllate y quiébrate, quiero la esquina de tu cuerpo que no corta.
Estréllate, enciéndete y fúndeme; tómame como quien tirita de frío.
Estréllate y eleva los brazos, regocíjate de la caída, más tarde yo lameré tus rodillas.
Estréllate y desordena la habitación, hazme buscarte entre los cajones repletos de fotos viejas.
Estréllate, debilita mis cimientos e inúndame.
Estréllate que la guerra ya está decretada; mírame con la ves a ella y firmemos la paz.

Estréllate, sé todos los desastres pero no me hagas pagar ni una vez más los daños. 


domingo, 20 de noviembre de 2016

Inicio de hostilidades a tu nación.

Me voy a follar al amor por donde más le duele.
Le despertaré por las mañanas sin café y con mi egoísmo cobijándome mientras él tiembla de frío.
Sí, definitivamente me voy a follar al amor.
Me dejaré el par de calcetines fluorescentes que perderé a la primera lavada y así, me voy a follar al amor.
Sin eufemismos ni vino tinto me voy a follar al amor.
No habrá fotos de perfil que limiten mi individualidad y personalidad.
Calzaré las zapatillas que me hacen observar a la ciudad desde lo alto y le obligaré a llevarme de la mano. Porque siempre he pensado que la libertad acaba en el momento en que tu nombre va seguido de una ye.
De rodillas y a mordidas me voy a follar al amor.
Saldré a las calles con el pintalabios sabor a soda y ahogaré desiertos.
Me voy a follar al amor sin bocanadas en la cama.
Tiraré a matar asintiendo en las guerras del yo te quiero más.
Cuando lo tenga frente a mí atenderé el móvil, justo ahí me voy a follar al amor.
Desmemoriada, sin canciones, ni fechas que marcar en el calendario, sin rosas rojas, ni camino de velas, sin caballerosidad, sin altares y salarios de oro para el dedo anular, sin papá a mi costado caminando conmigo mientras mamá llora, sin perro, sin cartas y lágrimas de felicidad.
Me voy a follar al amor por donde más le duele, por donde no quema, por donde no hiere, sin expectativas, solo quiero comprobar que sí, que es cierto que quien mas ama tiende a perder, y en esta vida, ni mi terquedad ni yo le pensamos dejar invicto.

lunes, 31 de octubre de 2016

De catástrofes y corazones extraviados.

Amanece, giro la cabeza en busca de los brazos que arrullaban mis desvelos pero no están. Hay un hueco en el colchón mucho más grande que el que has dejado en mi alma y ése sí ni mil hombres pueden llenarlo sin causar desgaste. 
Es tarde nuevamente, las alarmas no sonaron o si así fue, vaya que las he ignorado; con más desgana que de costumbre me doy una ducha y comienzo a abrir los ojos. Dejo que escurra el agua sobre mi cuerpo desnudo y con prisa me pongo el abrigo rojo sin planchar que tanto odiabas. 

Camino sin voltear a ver a nadie con pasos a la proporción de mi estatura que intimida a más de uno. Cojo el bus y me quedo quieta, como todos, ignorando los chismes del par de señoras que van tras de mí y suplicando cese el llanto de aquel niño.

Tras una jornada larga llego a casa, y me doy cuenta que no está, que le he perdido, que me lo han robado, que me lo han arrebatado. Desesperadamente tomo la libreta de frases y comienzo a escribir como encabezado: "SE BUSCA". 

Se dará una considerable recompensa a quien lo traiga de vuelta. 
Es de pequeña estatura y regordete.
Tiene tatuado a un hombre en el costado izquierdo. 
Desmemoriado, pero siempre ha sabido regresar a casa.
De ojos pequeños y observadores, de esos que no dejan ir ningún detalle. 
Tiene una cicatriz grande tras reciente enfrentamiento.
Se le vio por última vez caminando tranquilo por las calles del centro de la ciudad, tarareando canciones que nadie conoce.

Vivo o muerto lo quiero conmigo; quiero saber que en materia aún me pertenece, que no se lo ha llevado nadie, que aún es tiempo para ser uno. 
Háganle saber que estoy arrepentida y que esa palabra me jode. 
Díganle que no hay más nadie, que todos se fueron, que puede salir del armario si es que tiene miedo.
Infórmenle que aún encaja y que no cabe en otro pecho que no sea el mío.

Si alguien sabe de su paradero comuníquese conmigo, quedo atenta a cualquier llamado, como siempre, pero con la esperanza de nunca antes. 


viernes, 26 de agosto de 2016

Encuentros de semáforo.

Layla baja del vagón, como de costumbre se sabe a tiempo; nunca es demasiado tarde para encontrar al amor, piensa, mientras acomoda su cabello despeinado por el aire que inhala el tren a su paso. Retoca el labial rosado por si la pasión llama estar dispuesta, siempre lo está. Se dirige firme con los nervios devorándole, para su fortuna sabe disimular. Busca con desespero la esquina que Antonio le envió al compartir su ubicación horas atrás.

Voltea y vuelve a voltear; la casa púrpura de la fotografía es ahora marrón, ¿en dónde están los niños que aparecen jugando?, ¿habrá citado a alguien aquí previo a mí?, ¿qué demonios hago esperando a Antonio?, ¿quién es Anto...

-¿Hola?, ¿Layla? 
Cuestiona una voz nada sincronizada del hombre de tez blanca y barba escrupulosamente perfilada.
Ella no sabe qué responder, jamás había deseado no llevar ese nombre; coge aire y asiente. Él se limita a lanzar una sonrisa cargada a la derecha con cierta decepción. El filtro que le aplicas a cada fotografía tuya ha desdibujado la cicatriz de tu barbilla, casi puedes evadir la vergonzosa plática de aquella caída en medio del patio del colegio. Piensa Antonio mientras la observa con disimulo.

Antonio es centímetros más pequeño que Layla, el amor nunca está a su altura y ella lo sabe hasta el fastidio. Juntos suben al descapotado negro; Layla ajusta el cinturón de seguridad y lanza una plegaria a un dios de aparición ocasional, ya que no puede ocurrir algo peor que morir al costado de un desconocido, se sostiene fuerte y confía.

-En un día lluvioso cualquier motel de paso es el mejor refugio, comenta Antonio, esperando aprobatoria aquella propuesta.

Minutos más tarde llegan a la recepción distantes, ella aún duda, pero ya está ahí, ha sido veinticinco años cobarde y este día suplica justicia a su aburrida vida.

-¿Habitación para dos?, cuestiona la recepcionista poco gentil.
-Así es, responde Antonio. Acto seguido saca del bolsillo izquierdo del pantalón de pana la cantidad exacta que esa tarde valía el amor (veinte dolares por cinco horas). 

Suben al ascensor, se miran, como si en segundos pudieran contarse todo. El botón del piso que anuncia su destino se enciende, transitan por una pasarela de gemidos y tornados de bragas que dejan a su paso arañazos que tatúan temporalmente espaldas. Entran a la habitación y olvidan que se desconocen; sus pieles combinan en tono y temperatura, se saben ajenos y cada uno se despoja de los suyos para corresponder a cada beso. 

En la oscuridad y bajo cuatro paredes se acaban los encierros, te hospedas en otro cuerpo, como quien tiene una casa de descanso fuera del estrés de la ciudad, sabes que no es tu hogar, pero tu estadía es tan confortable que en el primer respiro te sientes libre.

El tiempo de la reservación ha caducado, Layla peina su cabello enmarañado para que éste no la delate, pues horas más tarde tendrá un encuentro con el que dicen acostumbra amar. 

Regresan al auto, ella, decide no ajustar esta vez el cinturón y piensa "sería una pena fallecer al lado de alguien que acabas de conocer y que irónicamente mueres por volver a ver" y sonríe. Antonio la acompaña a la estación del tren, Layla mal peinada y con la falda descolocada se despide. 

-¡Hasta pronto, Antonio!

-Ha sido un gusto, Layla, anhelo con el alma verte pron... (Cierran las puertas del tren).

¿Cuántas personas se han perdido en un "hasta luego"?

Vas por la vida ocultando prejuicios pero el primer soplar del viento te levanta el vestido. Nos desprendemos en cada cruce que olvidamos que la brevedad de éste nos permite manejarnos con cautela, detenernos y avanzar con audacia haciendo responsable al tiempo de una cita, un café, un beso, un helado, las horas de un motel, un filme.

Ahora que la luz se ha puesto en verde, ¡vas!, nunca es un mal día para subir al carro del desconocido que mueres por volver a ver, ajustarte el cinturón y confiar, nunca dejar de hacerlo; finalmente "vaciar huecos lleva años y llenarlos apenas un soplido... ¡despéinate!