viernes, 26 de junio de 2015

Autobiografía que incluye tu nombre.

Despierto a la hora que me permitió el desvelo; cubro mi cuerpo, que ahora conozco  (o que me permití conocer y querer). Me levanto de la cama a diario sin percatarme de elegir el pie derecho, ya que hace años le arrebaté mi vida a la suerte. Peino mi cabello con un chongo enredado de paciencia y guerra entre la espera por unos centímetros más de largo y yo. Lavo mi cara, porque la vanidad de la noche anterior incluye más que cremas faciales miedo a envejecer. (Aunque a veces pienso que el verdadero temor radica en que se me agote el tiempo y darme cuenta de que no viví lo suficiente).

Con la precaución de siempre caliento el agua, que obviamente debe ebullir, porque ya lo he dicho antes; el café tibio me sabe a putadas, y de esas ya estoy hastiada. Coloco el disco firmado con la promesa del cantautor Gallego que me llamó guapa y sonrío a la espera de un pronto.

Suena la puerta con el timbre espantoso que papá nunca cambió, y escuchó el rodar de la carreola que pasea bajo frazadas de color rosa la voz que desconoce el alfabeto, pero que con sonidos y miradas me expone todo lo que ninguna persona supo decirme antes.

Velo a la orilla de tu cuna tu sueño, sin importar lo perezosa que soy, porque me queda claro que quien quiere contemplar un amanecer, cualquiera que sea, se tiene que despertar temprano.
Al día de hoy mi amanecer es el rosado de tus mejillas; tus abrazos que me saben al mes de abril y esas risas que pintan tal cual oleo la sonrisa que en veintiún años yo jamás pude provocarle a papá.

Cambias repentinamente el rumbo de este escrito, porque contrario a lo metódica que soy, me gusta que las letras me lleven a donde ellas deseen; soy la más puta si de palabras se trata. Que sean ellas las que hablen de personas que jamás me atrevería a mencionar; de las que no piensan en mí, o de las que creen  que les he olvidado, sin saberse metáfora de alguno de mis textos. Y ya entrada en andanzas, camino percatándome de obedecer lineas.

Lejos han quedado los días en que el ortopedista juzgaba mis pisadas a los cuatro años. Hoy transito cual funambulista sobre las baldosas amarillas desteñidas del lugar donde crecí pero aborrezco, con la sonrisa breve que le heredé a mi abuela, y la postura que le aprendí a la danza; acompañada siempre de un bolso grande, que sabe más de encierros que mi propio cuerpo.

Estudio una carrera que desconocía al inicio, pero que supo retarme y engancharme. Con retales de todas las clases confecciono mi futuro. En este lugar hay personas de pasillo que valen una sonrisa; están los que he visto pero desconozco; los que algún día escuché su nombre y a los que con esperanza les llamo amigos.

Regreso tarde a casa, en espera suya. Existen miradas por las que sencillamente naces y vives arrepintiéndote haber deseado estar muerta antes ¡Así de paradójico!

Está ahí, con su peculiar olor bajo la sien y ganas de dormir para el día de mañana despertarme como siempre, porque "en el fondo lo único que quiero... es verte amanecer".







martes, 23 de junio de 2015

"Nunca he sido un libro abierto, pero explico buenos cuentos, si quieres ahora que hay tiempo, empiezo a recitar el nuestro"

Es otro día, aparentemente. Estoy sentada en un lugar que he fotografiado ya, pero que desconozco por completo. Peculiar, ¿no?
Tal ejemplo es parecido al atrevimiento de afirmar que conocemos a alguien, o algo. No soy la más sabia, pero con el tiempo he aprendido a observar y discernir. Porque bien me lo dijo aquella profesora desarreglada, que por estricta todos odiaban (menos yo):

- "Recuerda siempre que el mundo es de quien sabe observar".

Y con esta miopía aún no declarada, desde entonces, no me pierdo los detalles; los contornos de cada persona; contemplo con atención sus manos; su caminar, para cuando me falle la vista mirarles a la distancia. Quizá eso me aleja de quien comienzo a sentir próximo y se me esfuman de los ojos, no sabiendo que sé diferenciar entre observar, ver y mirar.

Y desviándome un poco, pero muy paralelamente al tema, hablaré de ficción, por mera atención al título...

Había una vez un microcuento que me parecía lejano. Dentro de él habitaba un ser, que prefiero no llamarlo principe. Calzaba zapatos en tono camel. Recuerdo que lo más cercano que estuve de la felicidad al verlo fue el descubrir sus calcetines.

No olía a chocolate, ni siquiera a vainilla, y para ser sincera no encontré un olor que me hiciera recordarlo; lo busqué bajo su cuello pero sencillamente no apareció.
 Aferré mi historia a sus brazaletes de piel donde portaba un dios mucho más grande que el mío; le confié mi tiempo, pero ni siquiera me percaté de que aquel reloj carecía de luz, y era entonces demasiado tarde para encender algo.

Era alto, pero le aterraba mi estatura; punzante pero incapaz de herir, adoraba el sonido de la lluvia, pero se guarecía de un paraguas que aquella tarde olvidó; conoce París, pero estoy segura que no al amor... Ahora son demasiados detalles para un microcuento, ¿no?

Ya lo ves, el mundo es de los que observan. Es más, siendo lo suficiente curiosa y sincera, el mundo ni siquiera es color de rosa; es multicolor, como los calcetines que me hicieron sonreír un día...