martes, 23 de junio de 2015

"Nunca he sido un libro abierto, pero explico buenos cuentos, si quieres ahora que hay tiempo, empiezo a recitar el nuestro"

Es otro día, aparentemente. Estoy sentada en un lugar que he fotografiado ya, pero que desconozco por completo. Peculiar, ¿no?
Tal ejemplo es parecido al atrevimiento de afirmar que conocemos a alguien, o algo. No soy la más sabia, pero con el tiempo he aprendido a observar y discernir. Porque bien me lo dijo aquella profesora desarreglada, que por estricta todos odiaban (menos yo):

- "Recuerda siempre que el mundo es de quien sabe observar".

Y con esta miopía aún no declarada, desde entonces, no me pierdo los detalles; los contornos de cada persona; contemplo con atención sus manos; su caminar, para cuando me falle la vista mirarles a la distancia. Quizá eso me aleja de quien comienzo a sentir próximo y se me esfuman de los ojos, no sabiendo que sé diferenciar entre observar, ver y mirar.

Y desviándome un poco, pero muy paralelamente al tema, hablaré de ficción, por mera atención al título...

Había una vez un microcuento que me parecía lejano. Dentro de él habitaba un ser, que prefiero no llamarlo principe. Calzaba zapatos en tono camel. Recuerdo que lo más cercano que estuve de la felicidad al verlo fue el descubrir sus calcetines.

No olía a chocolate, ni siquiera a vainilla, y para ser sincera no encontré un olor que me hiciera recordarlo; lo busqué bajo su cuello pero sencillamente no apareció.
 Aferré mi historia a sus brazaletes de piel donde portaba un dios mucho más grande que el mío; le confié mi tiempo, pero ni siquiera me percaté de que aquel reloj carecía de luz, y era entonces demasiado tarde para encender algo.

Era alto, pero le aterraba mi estatura; punzante pero incapaz de herir, adoraba el sonido de la lluvia, pero se guarecía de un paraguas que aquella tarde olvidó; conoce París, pero estoy segura que no al amor... Ahora son demasiados detalles para un microcuento, ¿no?

Ya lo ves, el mundo es de los que observan. Es más, siendo lo suficiente curiosa y sincera, el mundo ni siquiera es color de rosa; es multicolor, como los calcetines que me hicieron sonreír un día...



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