domingo, 20 de noviembre de 2016

Inicio de hostilidades a tu nación.

Me voy a follar al amor por donde más le duele.
Le despertaré por las mañanas sin café y con mi egoísmo cobijándome mientras él tiembla de frío.
Sí, definitivamente me voy a follar al amor.
Me dejaré el par de calcetines fluorescentes que perderé a la primera lavada y así, me voy a follar al amor.
Sin eufemismos ni vino tinto me voy a follar al amor.
No habrá fotos de perfil que limiten mi individualidad y personalidad.
Calzaré las zapatillas que me hacen observar a la ciudad desde lo alto y le obligaré a llevarme de la mano. Porque siempre he pensado que la libertad acaba en el momento en que tu nombre va seguido de una ye.
De rodillas y a mordidas me voy a follar al amor.
Saldré a las calles con el pintalabios sabor a soda y ahogaré desiertos.
Me voy a follar al amor sin bocanadas en la cama.
Tiraré a matar asintiendo en las guerras del yo te quiero más.
Cuando lo tenga frente a mí atenderé el móvil, justo ahí me voy a follar al amor.
Desmemoriada, sin canciones, ni fechas que marcar en el calendario, sin rosas rojas, ni camino de velas, sin caballerosidad, sin altares y salarios de oro para el dedo anular, sin papá a mi costado caminando conmigo mientras mamá llora, sin perro, sin cartas y lágrimas de felicidad.
Me voy a follar al amor por donde más le duele, por donde no quema, por donde no hiere, sin expectativas, solo quiero comprobar que sí, que es cierto que quien mas ama tiende a perder, y en esta vida, ni mi terquedad ni yo le pensamos dejar invicto.

lunes, 31 de octubre de 2016

De catástrofes y corazones extraviados.

Amanece, giro la cabeza en busca de los brazos que arrullaban mis desvelos pero no están. Hay un hueco en el colchón mucho más grande que el que has dejado en mi alma y ése sí ni mil hombres pueden llenarlo sin causar desgaste. 
Es tarde nuevamente, las alarmas no sonaron o si así fue, vaya que las he ignorado; con más desgana que de costumbre me doy una ducha y comienzo a abrir los ojos. Dejo que escurra el agua sobre mi cuerpo desnudo y con prisa me pongo el abrigo rojo sin planchar que tanto odiabas. 

Camino sin voltear a ver a nadie con pasos a la proporción de mi estatura que intimida a más de uno. Cojo el bus y me quedo quieta, como todos, ignorando los chismes del par de señoras que van tras de mí y suplicando cese el llanto de aquel niño.

Tras una jornada larga llego a casa, y me doy cuenta que no está, que le he perdido, que me lo han robado, que me lo han arrebatado. Desesperadamente tomo la libreta de frases y comienzo a escribir como encabezado: "SE BUSCA". 

Se dará una considerable recompensa a quien lo traiga de vuelta. 
Es de pequeña estatura y regordete.
Tiene tatuado a un hombre en el costado izquierdo. 
Desmemoriado, pero siempre ha sabido regresar a casa.
De ojos pequeños y observadores, de esos que no dejan ir ningún detalle. 
Tiene una cicatriz grande tras reciente enfrentamiento.
Se le vio por última vez caminando tranquilo por las calles del centro de la ciudad, tarareando canciones que nadie conoce.

Vivo o muerto lo quiero conmigo; quiero saber que en materia aún me pertenece, que no se lo ha llevado nadie, que aún es tiempo para ser uno. 
Háganle saber que estoy arrepentida y que esa palabra me jode. 
Díganle que no hay más nadie, que todos se fueron, que puede salir del armario si es que tiene miedo.
Infórmenle que aún encaja y que no cabe en otro pecho que no sea el mío.

Si alguien sabe de su paradero comuníquese conmigo, quedo atenta a cualquier llamado, como siempre, pero con la esperanza de nunca antes. 


viernes, 26 de agosto de 2016

Encuentros de semáforo.

Layla baja del vagón, como de costumbre se sabe a tiempo; nunca es demasiado tarde para encontrar al amor, piensa, mientras acomoda su cabello despeinado por el aire que inhala el tren a su paso. Retoca el labial rosado por si la pasión llama estar dispuesta, siempre lo está. Se dirige firme con los nervios devorándole, para su fortuna sabe disimular. Busca con desespero la esquina que Antonio le envió al compartir su ubicación horas atrás.

Voltea y vuelve a voltear; la casa púrpura de la fotografía es ahora marrón, ¿en dónde están los niños que aparecen jugando?, ¿habrá citado a alguien aquí previo a mí?, ¿qué demonios hago esperando a Antonio?, ¿quién es Anto...

-¿Hola?, ¿Layla? 
Cuestiona una voz nada sincronizada del hombre de tez blanca y barba escrupulosamente perfilada.
Ella no sabe qué responder, jamás había deseado no llevar ese nombre; coge aire y asiente. Él se limita a lanzar una sonrisa cargada a la derecha con cierta decepción. El filtro que le aplicas a cada fotografía tuya ha desdibujado la cicatriz de tu barbilla, casi puedes evadir la vergonzosa plática de aquella caída en medio del patio del colegio. Piensa Antonio mientras la observa con disimulo.

Antonio es centímetros más pequeño que Layla, el amor nunca está a su altura y ella lo sabe hasta el fastidio. Juntos suben al descapotado negro; Layla ajusta el cinturón de seguridad y lanza una plegaria a un dios de aparición ocasional, ya que no puede ocurrir algo peor que morir al costado de un desconocido, se sostiene fuerte y confía.

-En un día lluvioso cualquier motel de paso es el mejor refugio, comenta Antonio, esperando aprobatoria aquella propuesta.

Minutos más tarde llegan a la recepción distantes, ella aún duda, pero ya está ahí, ha sido veinticinco años cobarde y este día suplica justicia a su aburrida vida.

-¿Habitación para dos?, cuestiona la recepcionista poco gentil.
-Así es, responde Antonio. Acto seguido saca del bolsillo izquierdo del pantalón de pana la cantidad exacta que esa tarde valía el amor (veinte dolares por cinco horas). 

Suben al ascensor, se miran, como si en segundos pudieran contarse todo. El botón del piso que anuncia su destino se enciende, transitan por una pasarela de gemidos y tornados de bragas que dejan a su paso arañazos que tatúan temporalmente espaldas. Entran a la habitación y olvidan que se desconocen; sus pieles combinan en tono y temperatura, se saben ajenos y cada uno se despoja de los suyos para corresponder a cada beso. 

En la oscuridad y bajo cuatro paredes se acaban los encierros, te hospedas en otro cuerpo, como quien tiene una casa de descanso fuera del estrés de la ciudad, sabes que no es tu hogar, pero tu estadía es tan confortable que en el primer respiro te sientes libre.

El tiempo de la reservación ha caducado, Layla peina su cabello enmarañado para que éste no la delate, pues horas más tarde tendrá un encuentro con el que dicen acostumbra amar. 

Regresan al auto, ella, decide no ajustar esta vez el cinturón y piensa "sería una pena fallecer al lado de alguien que acabas de conocer y que irónicamente mueres por volver a ver" y sonríe. Antonio la acompaña a la estación del tren, Layla mal peinada y con la falda descolocada se despide. 

-¡Hasta pronto, Antonio!

-Ha sido un gusto, Layla, anhelo con el alma verte pron... (Cierran las puertas del tren).

¿Cuántas personas se han perdido en un "hasta luego"?

Vas por la vida ocultando prejuicios pero el primer soplar del viento te levanta el vestido. Nos desprendemos en cada cruce que olvidamos que la brevedad de éste nos permite manejarnos con cautela, detenernos y avanzar con audacia haciendo responsable al tiempo de una cita, un café, un beso, un helado, las horas de un motel, un filme.

Ahora que la luz se ha puesto en verde, ¡vas!, nunca es un mal día para subir al carro del desconocido que mueres por volver a ver, ajustarte el cinturón y confiar, nunca dejar de hacerlo; finalmente "vaciar huecos lleva años y llenarlos apenas un soplido... ¡despéinate!






lunes, 22 de agosto de 2016

Un repaso a mis lecciones.

Los borrachos y los niños nunca han dicho más verdades que el arrepentimiento.
Arrepentimiento que me mueve y hace escribir lo que por cobarde callo.
Callo porque llueves y soy catástrofe cuando recuerdas que existo.
Existo porque una vez cogiste mi mano suplicando no te dejara, que sin mí tu vida sería una mierda.
Mierda en la que hoy juegas; te puedo ver siendo el niño que siempre soñó con la nieve, formando siluetas de ángeles con un agitar de brazos.
Brazos que cosquilleaban adormecidos cada noche por sostener no sólo mi nuca, también el peso de mis sueños.
Sueños en donde soy ligera y fiel a cada susurro tuyo de aquella melodía que no te recuerda a mí pero que mantienes en la cabeza.
Cabeza cuya habilidad de sustraer es menor a la de dividir, y a mí siempre se me ha dado el bifurcar.
Bifurcar la que querías que fuera de quien hoy soy.
Soy lo que has creado y por justicia tienes (o no). Es cierto que todo en la vida se equilibra y somos producto de una causa.
Causa que desconoces pero que me mantiene escribiendo del arrepentimiento que llama a mi puerta, que se asoma y huye, pretendiendo le juegue unas carreras.
Hoy, los únicos en condición de desmentir son los niños. Pasando la puerta del bar todos sostienen tu mano ocultando anillos. Dejo la sinceridad en esta línea, acabo de recordar que aún hay quien me debe un cubata.

miércoles, 15 de junio de 2016

Te lo hubiera quitado todo, incluso el miedo a las alturas.

Si la moneda que lancé en aquella fuente medio llena de esperanza decidiera cumplirme un deseo, le suplicaría me permitiera ser la que por elección hoy está contigo. 

Despertaría puntualmente con tu camisa puesta y despojada de mil "te quiero"
sería feligrés del santo que custodia tu cuello.
Antes de ir al trabajo habremos recorrido el mundo de polo a polo,
cada abrir de piernas sería un destino distinto,
no extrañarás París porque estará en el roce de nuestros labios,
habría guerrillas en todas las regiones de la cama, 
y mi gloria sería fallecer herida por tus costillas.

Si el azar voltea y obedece a esta ansiedad de ti, estoy segura que me concedería ser ella.

Quiero ser ella, levantar la cabeza y contemplarte veinte centímetros a lo alto, 
saber que eres el skyline que tiene en la cima el panorama de mis horizontes.
Quiero su nombre que sabes de memoria, 
ser la causa de la sonrisa estúpida que haces al mirar el móvil mientras caminas.

No quiero sus ojos, porque jamás alguien te ha mirado como lo hago yo,
quiero sus manos y ser la que camina sujeta a ti,
ser a quien besas mientras las luces de semáforo se tiñen de rojo,
 y escondernos el caos de la ciudad en un abrazo.

Si la vida me concediera aquel deseo, elegiría ser ella, con todo y tus mentiras y ganas de mí. 



martes, 17 de mayo de 2016

M de reproche

Soy marzo doce del noventa y cuatro,
soy ciento setenta centímetros con miedo a las alturas,
soy el nombre de la abuela y bofetadas de mamá ante mi reproche eterno,
soy la osadía caminando en tacón,
soy el carmín que borraste de tu mejilla antes de llegar a casa,
soy el libro favorito de papá que no he terminado de leer,
soy las flores que nadie ha cortado pero que decorarán la mesa, 
soy tres lunares alineados en el lado izquierdo de mi cara,
soy todos los lunes que me debe Pérez Vallejo sin ser Laura,
soy un folio en blanco que le teme al sol,
soy todos los monstruos que no habitan en el armario,
soy los sueños que se enredan con mi cabello,
soy pechos pequeños y corazón grande,
soy la motivación que expira al abrir la nevera,
soy la herida que marcó mi infancia y mi mano derecha,
soy el compromiso que no comprará un anillo,
soy los amigos que he perdido por orgullo,
soy besos longitudinales a ojos cerrados y mente abierta,
soy una casa con vista al mar en tiempo de oleajes,
soy el pacto de paz con mi cuerpo que bifurca tus deseos de los míos,
soy Cádiz, San Sebastián, Madrid, Barcelona y todos los rincones que me faltan por conocer,
soy autobiografía con título miedo,
soy lo onírico que la luna odia,
soy quien un día amé y hoy ya no recuerdo,
soy el "karma" que pagué por adelanto con crédito a un ojalá.

Soy, pero somos es un palíndromo, y todo lo que se va...
Regresa. 





lunes, 9 de mayo de 2016

Él juró poner a su nombre la gravedad.

Sentada desde el ordenador, en la ventana con vista a la ciudad contingente, observo con detenimiento a Yin, ha decidido cubrir sus piernas con la horrenda falda azul que recibió la Navidad pasada. Sujetó por primera vez su cabello y dejó el maquillaje y las sonrisas pretenciosas para después. Pasea a Non, el perro que Yang le regaló al conocerla, su confidente juguetón, heredero de una raza fina y el abandono de un amo ávido de poder. 

Me coloco detrás de la cortina y enciendo un cigarrillo, (aprovecho la ficción para fomentar vicios que no tengo pero que seguramente harían  muy feliz a quien quisiera intercambiar humo conmigo un día) y espío a aquella mujer de tez blanca y falda azul. Verdad o no, las teorías tienden a fallar, Yang nunca fue tan opuesto a Yin, pienso. La frontera que dividía al uno del otro terminó unificándolos, dándoles similitudes, rencor, rutina de frases trilladas repetidas por cuestión de inercia. En la lejanía están los  "mira que yo te amo más" con tregua a doscientos setenta y siete besos tumbados en la cama, o el "anda guapa, coje el vestido rojo y haz de la noche una fiesta", el calendario se cansó de mostrar fechas que nadie recuerda, las fotografías se hicieron pálidas, los secretos se volvieron tanques de guerra y los pretextos campos minados que ellos esquivan a ojos cerrados.  

El cigarrillo ha consumido la ansiedad de todos los adverbios que bailaban en la punta de mi lengua, cierro la ventana y me contradigo, recapitulo mis clases de Electricidad y recuerdo a Coulomb y a sus cargas puntuales que de ser éstas iguales no existiría entre ellas atracción. Y en forma de serendipia se asoma la ley de  la gravitación Universal por Newton, que menciona la fuerza e interacción entre cuerpos de diferente tamaño. Pienso entonces que la Física no puede estar equivocada. Dejo de dar mi juicio equívoco sobre la quiebra de aquella unión. ¿Cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde?, interrogantes que jamás podrán describirlos, y no porque se les hayan terminado las respuestas, hay que guardar lo mejor del acto para cuando todos parecen dejar de verte y sorprender. Sacar no sólo un conejo y papel multicolor cortado con mal simetría y prisa, abrir bien los ojos, aventar la baraja trucada, premisa de un cantado triunfo y disfrutar de la magia, que los aplausos llegarán después;  al final de la vida, uno sabe en qué brazos encaja.






martes, 26 de abril de 2016

Me alquilo para soñar

Quiero que quede abajo, lejos ya la última entrada, que mira que esto de olvidar me viene de puta madre.

Hago pactos con el tiempo, yo, como siempre apuesto lo único que tengo; ambigüedad, miedos, inseguridad, unas manos torpes, una cicatriz nueva, mis lunares alineados, un cabello que sabe de lontananza y sosiego, una libreta víctima de mis equivocaciones, un par de botas que no brincan charcos pero que caminan con furor ostentando mis caderas. Corre, jurando ir siempre antes de mí, no abandonarme, porque puedo estar sola en una casa donde habitan siete, pero jamás distraída de él. 

Duermo menos de lo indicado, quiero creer que los sueños que le pudiera compartir a alguien, ya los tuve. Hoy las cuatro o cinco horas son mera rutina y ardua espera, donde mi estómago se devora por dentro y mi vanidad ríe y se siente más guapa. 

Diez de la mañana, mi madre grita iracundamente el nombre de mis cuatro hermanos, como es de esperarse soy la última en despertar, de niña me pesaban los sueños. Tomo un segundo y recapitulo lo que horas atrás pasó por mi mente...

Caminaba entre la multitud vestida de inocencia, era los ojos más resplandecientes, la sonrisa más sincera, los sentimientos de los que tanto se habla pero que nadie ve. No había cuerpos, solo gestos y miradas que lo decían todo. Yo, la niña de los kilos de más inventando mundos, y no para evadir una realidad aparente. 

En las calles resonaban los cantos de todas las personas desprendidas de prejuicios, se quería por tus palabras, por el tacto que tenías hacia el otro, la moda. ¿para qué?, las conversaciones eran frente a frente, una retroalimentación exquisita de franqueza, y besos, que en cualquier universo caben. 

El día de hoy vivo en las ruinas del mundo que soñé de niña, la realidad tocó a mi puerta en el momento que el desayuno estaba listo a las diez de la mañana cuando mi madre iracuandamente gritaba mi nombre, pero hay algo que aquél sueño me dejó claro, quién soy de no ser un cuerpo qué juzgar o halagar.


¿Tú lo sabes? 

miércoles, 6 de abril de 2016

Heridas de primera plana.

Jamás me voy de la vida de alguien sin dejar un beso rojo en la mejilla y una canción en la garganta. 

El alfabeto ansiaba escribir su nombre, yo, simplemente gritarlo, pero no debía.

En medio del bullicio de esta ciudad que quiso adoptarlo estaba él, de puntillas levantándole la falda a la luna, y riendo al compás del sol. Nadie lo conocía mejor que Soledad, su impecable compañera escarlata que lo llevó al norte, en la avenida que cruza donde la hija de puta con el corazón por fuera teme querer. 

Las luces del semáforo y lo desteñido de aquél paso de cebra fueron testigos. No hubo disputas entre casualidad y destino que argumentan encuentros. Hoy esto le da nombre y orden a una causa que documenta el último mezcal que se bebió a mi salud.

"Acribillan malicia a tres tiros" dicen los diarios del primer día de abril, seguido de una postal de mi corazón y su idea del amor, victoriosa con arma en mano. Periodismo que perversamente atrae a los que gustan de pesares y arañazos, pero hoy, por vez primera resulté ilesa de esta contienda. Dándole la espalda a todo aquel que ose juzgarme inicio la cuenta. Uno...dos... tres... Acto seguido volteo la cara y me pongo de prisa a buscar con el pánico de ser encontrada antes de cantar victoria.
¡Un, dos, tres por toda la inocencia del mundo que está  detrás de sus palabras crudas! Grité. 

Me quedo inmóvil tras mi obligada derrota y una voz en off que desconozco pero sabe rimar es la que nos narra. La función sigue, yo, espero saldar mi cuenta, aunque es tarde, la luna ha cruzado las piernas; yo, tengo el lado izquierdo en hipoteca, tras la quiebra de un condominio mal planeado; y la marca de estos tres tiros que se me quedarán tatuados, aunque al final uno nunca se va del todo... y qué bueno.




domingo, 3 de abril de 2016

Funambulista trotamundos.

Ana tiene un pie en el capítulo primero de un libro de ficción. Cuando le dijeron que escribiendo podía conocer el mundo acomodó en su equipaje la euforia que no mostraba en años, el collar que le favorece con cualquier escote, aquel anillo oxidado de fantasía que no conoce el compromiso aún, los zapatos de fiesta que le cansan al primer tango, y los que siguen horizontes con piedras que saben querer y adoran verla tropezar. 

Madrid la conoce de memoria, puntual y azarosamente elige un bar cada viernes, reserva una mesa para dos y se sienta en espera de un portazo que no quiera solamente follar.  Escucha y tararea aquel cantautor flacucho cuyas manos hacen gemir a cualquier guitarra.

En un descapotado que hace juego con la hora que tambaleante salió del bar recorre la ciudad. 
Con el cigarrillo  en combustión a la derecha y sus tacones en la izquierda eleva los brazos como símbolo de quien ya ha aprendido a ganar. En la esquina de la calle Libertad gritó su nombre, derrama un par de lágrimas que al instante caen al piso, haciendo sollozar el camino que anhela ver su falda de regreso. 

Fotocopia las cicatrices de cada vértice de su cuerpo y las obsequia al primer extraño que se atreve a mirarle los ojos sin imaginar si el color de su blusa hará juego con el de sus bragas. 

Al llegar a casa esquiva todos los cabos sueltos que dejó regados tras el encuentro con el escritor que jamás mecanografió su nombre; hay cuentos e historias de terror en el lavabo, en el ropero la capa roja de quien no ha querido salvarla y nudos de garganta que amarran monstruos que quieren salir a pasear; se deshace de su piel temerosa de ser expuesta al sol, apaga los temores y alerta la esperanza.

Ana duerme ya, deseando encontrar dentro de aquel sueño ése alguien que quiera coordenar sus apellidos; desnuda de pudor espera como ya es costumbre bajo el reloj de un tren que va en dirección contraria al que ella quisiera que fuera su camino y con el gesto lineal que la caracteriza. Si la ves, salúdale, la reconocerás de inmediato, es la de la nariz fría. 



jueves, 31 de marzo de 2016

Dejaré mi epitafio en tu ombligo pintado al carmín.

Despierta y busca el móvil, realmente ignora la hora en que las alarmas resonaron. Mira su reflejo y se desconoce cada vez más; peina su cabello a medio rizo, se reta mirándose a los ojos pero hoy y siempre la conciencia gana. ¿Cuántas vidas de mala suerte le restan por haber llorado tras un espejo?

Toma con hábito el colorete que sabe hacerla sonrojar y oculta el cúmulo de lunas grises que descansan bajo sus pestañas. Camina al placard y sostiene el vestido rojo que la abraza, el celoso encargado de desviar las miradas que provoca en su andar. 

Desesmpolva la esperanza que guardó en el cementerio de libros inconclusos, verdades agachadas y personas de las que no volvió a saber jamás. Ríe de esa fotografía borrosa que capturó al despiste, y cuenta; la cifra es menor para la magnitud del daño. Siente un redoble en el lado izquierdo, pero le ignora, así como lo hace la gente que descompone algo y encuentra trucos para evadir un reparo.

Coje el bolso que guarda en su inmensidad además su educación en bolas de papel y envolturas de caramelos con sabor a mala voluntad, se arrepiente de tal festín, bebe un sorbo de agua, recoge su cabello y da paso al encuentro. El lagrimeo parece ser inevitable, pero tiene ahora menos conflictos triturados por ocultar.
¿Ves la cicatriz de su mano derecha?, la provocó su garganta, vasta de prejuicios, fastidiada de ser voz que raya y escupe en hojas. 

Seca sus ojos, huérfanos de un sentir y acomoda su cabello salpicado de esperanza y malos hábitos; pinta su sonrisa con el lápiz labial que más secretos le ha guardado y espera, al final aún le quedan dedos para contar y en el cementerio hay epitafios sin grabar. 


"Si una persona está triste, hay que sacarle una foto y esa foto enterrarla en un cementerio para que se quede enterrada la tristeza."

martes, 22 de marzo de 2016

Tonta, muy tonta, de esas que si no hay muy cerquita un espejo no saben dónde mirar.

Esperando, para no romper la costumbre. El amor me enseñó además de ser una hija de puta a no apresurar el reloj.

De no tener el corazón por fuera me llenaría de goce cualquier llegada; decoraría mis uñas para que quien las mire además de observar mi cicatriz, recuerde que no fue cualquiera la que marcó su espalda.

Que pierdo la motivación en cada falda que conoce mis caderas.
Que los espejos me han dicho más verdades que cualquier mirada.
Que en un hotel sin ascensores encontré mi libertad.
Que la miopía de un hombre fue el mejor pretexto para no verme más en su pasado.

De no tener el corazón por fuera vacilarían mis palabras; brincarían en charcos del mes de marzo que recuerdan a cobardes que aman la lluvia pero que jamás salen de casa sin paraguas.

De no tener el corazón por fuera Sabina sería cualquier cabrón y no un maestro. No mediría mis crisis en noches y sueños rotos.
Me persignaría ante cualquier santo que ilumine más que tú, y que esto, más que una guerra a mi herejía, fuera un tratado de paz a bandera blanca, sin cruce de dedos ni balas que tiran a matar.

De no tener el corazón por fuera, las notas del colegio no se verían interrumpidas con frases inconclusas, y yo prestaría total atención al profesor que intenta darme cátedra de Psicología.

De no ser así mis ideas hilarían grandes historias, y no este remedo de prosa. Hablaría de atardeceres que caben en bolsos grandes y de anti-héroes que sonríen en la penúltima página.

De no tener el corazón por fuera me ahorraría este martirio de encontrar finales que convenzan a quien no conozco pero que seguro me lee.

De no tener el corazón por fuera, tendría un espejo, un mil de caras hacia donde mirar y a quien querer.

martes, 16 de febrero de 2016

Hoy la vi, mirando como quién no sabe a donde ir, buscando lo que no quiere encontrar.

Se llamaba Ana y gastaba las tardes pintando. 
Se llamaba Ana e iba al paso del viento y regresaba así, como llegan las casualidades a las vidas que saben esperar con los brazos abiertos.
Se llamaba Ana y no la quería.
Se llamaba Ana y reía a carcajadas sin preocuparle ensordecer a cualquiera que tuviera al lado.
Se llamaba Ana y era sárcasmo.
Se llamaba Ana y también era mentira. 
Se llamaba Ana, al derecho, pero nunca al revés.

Se llamaba Ana y caminaba sin miedo a demorarse. Escondía bajo su vestido una piel del color del alba y guardaba dentro su bolso la esperanza de ser alguien más. Cada veinte minutos retocaba el colorete rosa que la hacía luicir más viva y moría por morir por alguien, y que esto, además de parecer pleonasmo, fuera cuadrático y real, como los filmes que acostumbraba mirar sentada en el sillón, llorando. 

Constelación de personas y momentos fugaces.
Se llama Ana y camina erguida, con el abdomen dentro, como le enseñó su madre, dejando siempre un espacio entre la falda y las apariencias.

Se llamaba Ana, bueno, en realidad no. Se llamaba María, como lo común, como lo que esconde, parábolas que encuentran asíntotas y van hacia ninfuna parte, como todo lo que tiende a ser imposible, así era ella. 

Yo no la he olvidado, hago un esfuerzo por que no se vaya; que no se deslave de mí la que quería brincar charcos y coser mentiras con retales. La recuerdo, pero no la extraño y hoy después de tanto  regresaré a leerla, al fin aquí aún hay rastro de ella.

Hoy la vi, vagando entre la gente como un maniquí que no tiene previsto figurar.



miércoles, 13 de enero de 2016

Que nadie, Cielito lindo, me arrebate tu lunar.


El año se me fue, debo admitir que escribí muy poco; hubieron días febriles de casi cuarenta, me subí a trenes que van hacia ninguna parte, yo, simplemente abrí la ventanilla, encendí un cigarrillo y disfruté el viaje.
Me pusieron esos frenillos que desnudaron mi timidez, ahora, todo lo quiero arreglar sonriendo. 
Me atreví a usar el labial violeta que anhelaba y dejé rastro de él en un par de mejillas que me dijeron adiós.
Creció unos centímetros mi cabello, después de aquél conflicto bélico entre la paciencia y mi ansiedad por cambiar continuamente y adelgazó mi vanidad, esta vez no lo hice yo.
Brinqué en más de un concierto, regalé canciones y motivos, más de cien, por cierto.
Me mudé a la sección de ficción de aquél librero propiedad de papá, que causa alergia del polvo que desprende. Abrí el libro de hojas amarillentas producto de un abandono y me dormí en brazos de un microcuento. 
Hipotequé el único lunar que se ve en fotografías, aquél punto egoísta que no le permite al maquillaje hacer su trabajo; sigo en la sección de ficción, abrigándome de metáforas que hablan de lluvia y nieve, esperando saldar mis deudas, ya el destino me hará justicia un día.
Me voy por hoy, que este lugar es sombrío, me han cortado la inspiración...
...olvidé pagarla.