martes, 16 de febrero de 2016

Hoy la vi, mirando como quién no sabe a donde ir, buscando lo que no quiere encontrar.

Se llamaba Ana y gastaba las tardes pintando. 
Se llamaba Ana e iba al paso del viento y regresaba así, como llegan las casualidades a las vidas que saben esperar con los brazos abiertos.
Se llamaba Ana y no la quería.
Se llamaba Ana y reía a carcajadas sin preocuparle ensordecer a cualquiera que tuviera al lado.
Se llamaba Ana y era sárcasmo.
Se llamaba Ana y también era mentira. 
Se llamaba Ana, al derecho, pero nunca al revés.

Se llamaba Ana y caminaba sin miedo a demorarse. Escondía bajo su vestido una piel del color del alba y guardaba dentro su bolso la esperanza de ser alguien más. Cada veinte minutos retocaba el colorete rosa que la hacía luicir más viva y moría por morir por alguien, y que esto, además de parecer pleonasmo, fuera cuadrático y real, como los filmes que acostumbraba mirar sentada en el sillón, llorando. 

Constelación de personas y momentos fugaces.
Se llama Ana y camina erguida, con el abdomen dentro, como le enseñó su madre, dejando siempre un espacio entre la falda y las apariencias.

Se llamaba Ana, bueno, en realidad no. Se llamaba María, como lo común, como lo que esconde, parábolas que encuentran asíntotas y van hacia ninfuna parte, como todo lo que tiende a ser imposible, así era ella. 

Yo no la he olvidado, hago un esfuerzo por que no se vaya; que no se deslave de mí la que quería brincar charcos y coser mentiras con retales. La recuerdo, pero no la extraño y hoy después de tanto  regresaré a leerla, al fin aquí aún hay rastro de ella.

Hoy la vi, vagando entre la gente como un maniquí que no tiene previsto figurar.