jueves, 31 de marzo de 2016

Dejaré mi epitafio en tu ombligo pintado al carmín.

Despierta y busca el móvil, realmente ignora la hora en que las alarmas resonaron. Mira su reflejo y se desconoce cada vez más; peina su cabello a medio rizo, se reta mirándose a los ojos pero hoy y siempre la conciencia gana. ¿Cuántas vidas de mala suerte le restan por haber llorado tras un espejo?

Toma con hábito el colorete que sabe hacerla sonrojar y oculta el cúmulo de lunas grises que descansan bajo sus pestañas. Camina al placard y sostiene el vestido rojo que la abraza, el celoso encargado de desviar las miradas que provoca en su andar. 

Desesmpolva la esperanza que guardó en el cementerio de libros inconclusos, verdades agachadas y personas de las que no volvió a saber jamás. Ríe de esa fotografía borrosa que capturó al despiste, y cuenta; la cifra es menor para la magnitud del daño. Siente un redoble en el lado izquierdo, pero le ignora, así como lo hace la gente que descompone algo y encuentra trucos para evadir un reparo.

Coje el bolso que guarda en su inmensidad además su educación en bolas de papel y envolturas de caramelos con sabor a mala voluntad, se arrepiente de tal festín, bebe un sorbo de agua, recoge su cabello y da paso al encuentro. El lagrimeo parece ser inevitable, pero tiene ahora menos conflictos triturados por ocultar.
¿Ves la cicatriz de su mano derecha?, la provocó su garganta, vasta de prejuicios, fastidiada de ser voz que raya y escupe en hojas. 

Seca sus ojos, huérfanos de un sentir y acomoda su cabello salpicado de esperanza y malos hábitos; pinta su sonrisa con el lápiz labial que más secretos le ha guardado y espera, al final aún le quedan dedos para contar y en el cementerio hay epitafios sin grabar. 


"Si una persona está triste, hay que sacarle una foto y esa foto enterrarla en un cementerio para que se quede enterrada la tristeza."

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