martes, 22 de marzo de 2016

Tonta, muy tonta, de esas que si no hay muy cerquita un espejo no saben dónde mirar.

Esperando, para no romper la costumbre. El amor me enseñó además de ser una hija de puta a no apresurar el reloj.

De no tener el corazón por fuera me llenaría de goce cualquier llegada; decoraría mis uñas para que quien las mire además de observar mi cicatriz, recuerde que no fue cualquiera la que marcó su espalda.

Que pierdo la motivación en cada falda que conoce mis caderas.
Que los espejos me han dicho más verdades que cualquier mirada.
Que en un hotel sin ascensores encontré mi libertad.
Que la miopía de un hombre fue el mejor pretexto para no verme más en su pasado.

De no tener el corazón por fuera vacilarían mis palabras; brincarían en charcos del mes de marzo que recuerdan a cobardes que aman la lluvia pero que jamás salen de casa sin paraguas.

De no tener el corazón por fuera Sabina sería cualquier cabrón y no un maestro. No mediría mis crisis en noches y sueños rotos.
Me persignaría ante cualquier santo que ilumine más que tú, y que esto, más que una guerra a mi herejía, fuera un tratado de paz a bandera blanca, sin cruce de dedos ni balas que tiran a matar.

De no tener el corazón por fuera, las notas del colegio no se verían interrumpidas con frases inconclusas, y yo prestaría total atención al profesor que intenta darme cátedra de Psicología.

De no ser así mis ideas hilarían grandes historias, y no este remedo de prosa. Hablaría de atardeceres que caben en bolsos grandes y de anti-héroes que sonríen en la penúltima página.

De no tener el corazón por fuera me ahorraría este martirio de encontrar finales que convenzan a quien no conozco pero que seguro me lee.

De no tener el corazón por fuera, tendría un espejo, un mil de caras hacia donde mirar y a quien querer.

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