martes, 26 de abril de 2016

Me alquilo para soñar

Quiero que quede abajo, lejos ya la última entrada, que mira que esto de olvidar me viene de puta madre.

Hago pactos con el tiempo, yo, como siempre apuesto lo único que tengo; ambigüedad, miedos, inseguridad, unas manos torpes, una cicatriz nueva, mis lunares alineados, un cabello que sabe de lontananza y sosiego, una libreta víctima de mis equivocaciones, un par de botas que no brincan charcos pero que caminan con furor ostentando mis caderas. Corre, jurando ir siempre antes de mí, no abandonarme, porque puedo estar sola en una casa donde habitan siete, pero jamás distraída de él. 

Duermo menos de lo indicado, quiero creer que los sueños que le pudiera compartir a alguien, ya los tuve. Hoy las cuatro o cinco horas son mera rutina y ardua espera, donde mi estómago se devora por dentro y mi vanidad ríe y se siente más guapa. 

Diez de la mañana, mi madre grita iracundamente el nombre de mis cuatro hermanos, como es de esperarse soy la última en despertar, de niña me pesaban los sueños. Tomo un segundo y recapitulo lo que horas atrás pasó por mi mente...

Caminaba entre la multitud vestida de inocencia, era los ojos más resplandecientes, la sonrisa más sincera, los sentimientos de los que tanto se habla pero que nadie ve. No había cuerpos, solo gestos y miradas que lo decían todo. Yo, la niña de los kilos de más inventando mundos, y no para evadir una realidad aparente. 

En las calles resonaban los cantos de todas las personas desprendidas de prejuicios, se quería por tus palabras, por el tacto que tenías hacia el otro, la moda. ¿para qué?, las conversaciones eran frente a frente, una retroalimentación exquisita de franqueza, y besos, que en cualquier universo caben. 

El día de hoy vivo en las ruinas del mundo que soñé de niña, la realidad tocó a mi puerta en el momento que el desayuno estaba listo a las diez de la mañana cuando mi madre iracuandamente gritaba mi nombre, pero hay algo que aquél sueño me dejó claro, quién soy de no ser un cuerpo qué juzgar o halagar.


¿Tú lo sabes? 

miércoles, 6 de abril de 2016

Heridas de primera plana.

Jamás me voy de la vida de alguien sin dejar un beso rojo en la mejilla y una canción en la garganta. 

El alfabeto ansiaba escribir su nombre, yo, simplemente gritarlo, pero no debía.

En medio del bullicio de esta ciudad que quiso adoptarlo estaba él, de puntillas levantándole la falda a la luna, y riendo al compás del sol. Nadie lo conocía mejor que Soledad, su impecable compañera escarlata que lo llevó al norte, en la avenida que cruza donde la hija de puta con el corazón por fuera teme querer. 

Las luces del semáforo y lo desteñido de aquél paso de cebra fueron testigos. No hubo disputas entre casualidad y destino que argumentan encuentros. Hoy esto le da nombre y orden a una causa que documenta el último mezcal que se bebió a mi salud.

"Acribillan malicia a tres tiros" dicen los diarios del primer día de abril, seguido de una postal de mi corazón y su idea del amor, victoriosa con arma en mano. Periodismo que perversamente atrae a los que gustan de pesares y arañazos, pero hoy, por vez primera resulté ilesa de esta contienda. Dándole la espalda a todo aquel que ose juzgarme inicio la cuenta. Uno...dos... tres... Acto seguido volteo la cara y me pongo de prisa a buscar con el pánico de ser encontrada antes de cantar victoria.
¡Un, dos, tres por toda la inocencia del mundo que está  detrás de sus palabras crudas! Grité. 

Me quedo inmóvil tras mi obligada derrota y una voz en off que desconozco pero sabe rimar es la que nos narra. La función sigue, yo, espero saldar mi cuenta, aunque es tarde, la luna ha cruzado las piernas; yo, tengo el lado izquierdo en hipoteca, tras la quiebra de un condominio mal planeado; y la marca de estos tres tiros que se me quedarán tatuados, aunque al final uno nunca se va del todo... y qué bueno.




domingo, 3 de abril de 2016

Funambulista trotamundos.

Ana tiene un pie en el capítulo primero de un libro de ficción. Cuando le dijeron que escribiendo podía conocer el mundo acomodó en su equipaje la euforia que no mostraba en años, el collar que le favorece con cualquier escote, aquel anillo oxidado de fantasía que no conoce el compromiso aún, los zapatos de fiesta que le cansan al primer tango, y los que siguen horizontes con piedras que saben querer y adoran verla tropezar. 

Madrid la conoce de memoria, puntual y azarosamente elige un bar cada viernes, reserva una mesa para dos y se sienta en espera de un portazo que no quiera solamente follar.  Escucha y tararea aquel cantautor flacucho cuyas manos hacen gemir a cualquier guitarra.

En un descapotado que hace juego con la hora que tambaleante salió del bar recorre la ciudad. 
Con el cigarrillo  en combustión a la derecha y sus tacones en la izquierda eleva los brazos como símbolo de quien ya ha aprendido a ganar. En la esquina de la calle Libertad gritó su nombre, derrama un par de lágrimas que al instante caen al piso, haciendo sollozar el camino que anhela ver su falda de regreso. 

Fotocopia las cicatrices de cada vértice de su cuerpo y las obsequia al primer extraño que se atreve a mirarle los ojos sin imaginar si el color de su blusa hará juego con el de sus bragas. 

Al llegar a casa esquiva todos los cabos sueltos que dejó regados tras el encuentro con el escritor que jamás mecanografió su nombre; hay cuentos e historias de terror en el lavabo, en el ropero la capa roja de quien no ha querido salvarla y nudos de garganta que amarran monstruos que quieren salir a pasear; se deshace de su piel temerosa de ser expuesta al sol, apaga los temores y alerta la esperanza.

Ana duerme ya, deseando encontrar dentro de aquel sueño ése alguien que quiera coordenar sus apellidos; desnuda de pudor espera como ya es costumbre bajo el reloj de un tren que va en dirección contraria al que ella quisiera que fuera su camino y con el gesto lineal que la caracteriza. Si la ves, salúdale, la reconocerás de inmediato, es la de la nariz fría.