domingo, 3 de abril de 2016

Funambulista trotamundos.

Ana tiene un pie en el capítulo primero de un libro de ficción. Cuando le dijeron que escribiendo podía conocer el mundo acomodó en su equipaje la euforia que no mostraba en años, el collar que le favorece con cualquier escote, aquel anillo oxidado de fantasía que no conoce el compromiso aún, los zapatos de fiesta que le cansan al primer tango, y los que siguen horizontes con piedras que saben querer y adoran verla tropezar. 

Madrid la conoce de memoria, puntual y azarosamente elige un bar cada viernes, reserva una mesa para dos y se sienta en espera de un portazo que no quiera solamente follar.  Escucha y tararea aquel cantautor flacucho cuyas manos hacen gemir a cualquier guitarra.

En un descapotado que hace juego con la hora que tambaleante salió del bar recorre la ciudad. 
Con el cigarrillo  en combustión a la derecha y sus tacones en la izquierda eleva los brazos como símbolo de quien ya ha aprendido a ganar. En la esquina de la calle Libertad gritó su nombre, derrama un par de lágrimas que al instante caen al piso, haciendo sollozar el camino que anhela ver su falda de regreso. 

Fotocopia las cicatrices de cada vértice de su cuerpo y las obsequia al primer extraño que se atreve a mirarle los ojos sin imaginar si el color de su blusa hará juego con el de sus bragas. 

Al llegar a casa esquiva todos los cabos sueltos que dejó regados tras el encuentro con el escritor que jamás mecanografió su nombre; hay cuentos e historias de terror en el lavabo, en el ropero la capa roja de quien no ha querido salvarla y nudos de garganta que amarran monstruos que quieren salir a pasear; se deshace de su piel temerosa de ser expuesta al sol, apaga los temores y alerta la esperanza.

Ana duerme ya, deseando encontrar dentro de aquel sueño ése alguien que quiera coordenar sus apellidos; desnuda de pudor espera como ya es costumbre bajo el reloj de un tren que va en dirección contraria al que ella quisiera que fuera su camino y con el gesto lineal que la caracteriza. Si la ves, salúdale, la reconocerás de inmediato, es la de la nariz fría. 



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