miércoles, 6 de abril de 2016

Heridas de primera plana.

Jamás me voy de la vida de alguien sin dejar un beso rojo en la mejilla y una canción en la garganta. 

El alfabeto ansiaba escribir su nombre, yo, simplemente gritarlo, pero no debía.

En medio del bullicio de esta ciudad que quiso adoptarlo estaba él, de puntillas levantándole la falda a la luna, y riendo al compás del sol. Nadie lo conocía mejor que Soledad, su impecable compañera escarlata que lo llevó al norte, en la avenida que cruza donde la hija de puta con el corazón por fuera teme querer. 

Las luces del semáforo y lo desteñido de aquél paso de cebra fueron testigos. No hubo disputas entre casualidad y destino que argumentan encuentros. Hoy esto le da nombre y orden a una causa que documenta el último mezcal que se bebió a mi salud.

"Acribillan malicia a tres tiros" dicen los diarios del primer día de abril, seguido de una postal de mi corazón y su idea del amor, victoriosa con arma en mano. Periodismo que perversamente atrae a los que gustan de pesares y arañazos, pero hoy, por vez primera resulté ilesa de esta contienda. Dándole la espalda a todo aquel que ose juzgarme inicio la cuenta. Uno...dos... tres... Acto seguido volteo la cara y me pongo de prisa a buscar con el pánico de ser encontrada antes de cantar victoria.
¡Un, dos, tres por toda la inocencia del mundo que está  detrás de sus palabras crudas! Grité. 

Me quedo inmóvil tras mi obligada derrota y una voz en off que desconozco pero sabe rimar es la que nos narra. La función sigue, yo, espero saldar mi cuenta, aunque es tarde, la luna ha cruzado las piernas; yo, tengo el lado izquierdo en hipoteca, tras la quiebra de un condominio mal planeado; y la marca de estos tres tiros que se me quedarán tatuados, aunque al final uno nunca se va del todo... y qué bueno.




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