lunes, 9 de mayo de 2016

Él juró poner a su nombre la gravedad.

Sentada desde el ordenador, en la ventana con vista a la ciudad contingente, observo con detenimiento a Yin, ha decidido cubrir sus piernas con la horrenda falda azul que recibió la Navidad pasada. Sujetó por primera vez su cabello y dejó el maquillaje y las sonrisas pretenciosas para después. Pasea a Non, el perro que Yang le regaló al conocerla, su confidente juguetón, heredero de una raza fina y el abandono de un amo ávido de poder. 

Me coloco detrás de la cortina y enciendo un cigarrillo, (aprovecho la ficción para fomentar vicios que no tengo pero que seguramente harían  muy feliz a quien quisiera intercambiar humo conmigo un día) y espío a aquella mujer de tez blanca y falda azul. Verdad o no, las teorías tienden a fallar, Yang nunca fue tan opuesto a Yin, pienso. La frontera que dividía al uno del otro terminó unificándolos, dándoles similitudes, rencor, rutina de frases trilladas repetidas por cuestión de inercia. En la lejanía están los  "mira que yo te amo más" con tregua a doscientos setenta y siete besos tumbados en la cama, o el "anda guapa, coje el vestido rojo y haz de la noche una fiesta", el calendario se cansó de mostrar fechas que nadie recuerda, las fotografías se hicieron pálidas, los secretos se volvieron tanques de guerra y los pretextos campos minados que ellos esquivan a ojos cerrados.  

El cigarrillo ha consumido la ansiedad de todos los adverbios que bailaban en la punta de mi lengua, cierro la ventana y me contradigo, recapitulo mis clases de Electricidad y recuerdo a Coulomb y a sus cargas puntuales que de ser éstas iguales no existiría entre ellas atracción. Y en forma de serendipia se asoma la ley de  la gravitación Universal por Newton, que menciona la fuerza e interacción entre cuerpos de diferente tamaño. Pienso entonces que la Física no puede estar equivocada. Dejo de dar mi juicio equívoco sobre la quiebra de aquella unión. ¿Cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde?, interrogantes que jamás podrán describirlos, y no porque se les hayan terminado las respuestas, hay que guardar lo mejor del acto para cuando todos parecen dejar de verte y sorprender. Sacar no sólo un conejo y papel multicolor cortado con mal simetría y prisa, abrir bien los ojos, aventar la baraja trucada, premisa de un cantado triunfo y disfrutar de la magia, que los aplausos llegarán después;  al final de la vida, uno sabe en qué brazos encaja.






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