viernes, 26 de agosto de 2016

Encuentros de semáforo.

Layla baja del vagón, como de costumbre se sabe a tiempo; nunca es demasiado tarde para encontrar al amor, piensa, mientras acomoda su cabello despeinado por el aire que inhala el tren a su paso. Retoca el labial rosado por si la pasión llama estar dispuesta, siempre lo está. Se dirige firme con los nervios devorándole, para su fortuna sabe disimular. Busca con desespero la esquina que Antonio le envió al compartir su ubicación horas atrás.

Voltea y vuelve a voltear; la casa púrpura de la fotografía es ahora marrón, ¿en dónde están los niños que aparecen jugando?, ¿habrá citado a alguien aquí previo a mí?, ¿qué demonios hago esperando a Antonio?, ¿quién es Anto...

-¿Hola?, ¿Layla? 
Cuestiona una voz nada sincronizada del hombre de tez blanca y barba escrupulosamente perfilada.
Ella no sabe qué responder, jamás había deseado no llevar ese nombre; coge aire y asiente. Él se limita a lanzar una sonrisa cargada a la derecha con cierta decepción. El filtro que le aplicas a cada fotografía tuya ha desdibujado la cicatriz de tu barbilla, casi puedes evadir la vergonzosa plática de aquella caída en medio del patio del colegio. Piensa Antonio mientras la observa con disimulo.

Antonio es centímetros más pequeño que Layla, el amor nunca está a su altura y ella lo sabe hasta el fastidio. Juntos suben al descapotado negro; Layla ajusta el cinturón de seguridad y lanza una plegaria a un dios de aparición ocasional, ya que no puede ocurrir algo peor que morir al costado de un desconocido, se sostiene fuerte y confía.

-En un día lluvioso cualquier motel de paso es el mejor refugio, comenta Antonio, esperando aprobatoria aquella propuesta.

Minutos más tarde llegan a la recepción distantes, ella aún duda, pero ya está ahí, ha sido veinticinco años cobarde y este día suplica justicia a su aburrida vida.

-¿Habitación para dos?, cuestiona la recepcionista poco gentil.
-Así es, responde Antonio. Acto seguido saca del bolsillo izquierdo del pantalón de pana la cantidad exacta que esa tarde valía el amor (veinte dolares por cinco horas). 

Suben al ascensor, se miran, como si en segundos pudieran contarse todo. El botón del piso que anuncia su destino se enciende, transitan por una pasarela de gemidos y tornados de bragas que dejan a su paso arañazos que tatúan temporalmente espaldas. Entran a la habitación y olvidan que se desconocen; sus pieles combinan en tono y temperatura, se saben ajenos y cada uno se despoja de los suyos para corresponder a cada beso. 

En la oscuridad y bajo cuatro paredes se acaban los encierros, te hospedas en otro cuerpo, como quien tiene una casa de descanso fuera del estrés de la ciudad, sabes que no es tu hogar, pero tu estadía es tan confortable que en el primer respiro te sientes libre.

El tiempo de la reservación ha caducado, Layla peina su cabello enmarañado para que éste no la delate, pues horas más tarde tendrá un encuentro con el que dicen acostumbra amar. 

Regresan al auto, ella, decide no ajustar esta vez el cinturón y piensa "sería una pena fallecer al lado de alguien que acabas de conocer y que irónicamente mueres por volver a ver" y sonríe. Antonio la acompaña a la estación del tren, Layla mal peinada y con la falda descolocada se despide. 

-¡Hasta pronto, Antonio!

-Ha sido un gusto, Layla, anhelo con el alma verte pron... (Cierran las puertas del tren).

¿Cuántas personas se han perdido en un "hasta luego"?

Vas por la vida ocultando prejuicios pero el primer soplar del viento te levanta el vestido. Nos desprendemos en cada cruce que olvidamos que la brevedad de éste nos permite manejarnos con cautela, detenernos y avanzar con audacia haciendo responsable al tiempo de una cita, un café, un beso, un helado, las horas de un motel, un filme.

Ahora que la luz se ha puesto en verde, ¡vas!, nunca es un mal día para subir al carro del desconocido que mueres por volver a ver, ajustarte el cinturón y confiar, nunca dejar de hacerlo; finalmente "vaciar huecos lleva años y llenarlos apenas un soplido... ¡despéinate!






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