lunes, 2 de enero de 2017

De rotacismo mal curado.

Todas las desgracias de mi vida llevan escrita la letra erre. De pequeña ni siquiera era capaz de pronunciarla correctamente, guardaba su sonido en mi garganta e imponía como una vil condena jamás relacionarme con alguien cuyo nombre pusiera trabas a mi lengua. No Andrés, no Pedro, no Adrián y no Alejandro. Ninguno para mí dadas las circunstancias.
Tiempo después llegó él;  Rrrrr, Rrrrr; viaja aire a mi paladar, y mi lengua baila a un ritmo que desconoce cuando pronuncio su nombre. Efectivamente, a mí una erre me atravesó el alma. 

De haber sabido pronunciarle le hubiera hecho prosa, le anotaría en la libreta que viaja conmigo para recitarle en la estación de radio que escuchan los que se dicen románticos a las seis de la mañana. Pero no, él llegó a hacer eco, a esparcirse en las entrañas, a ensordecer y querer buscarle  mientras corría, o huía, (aún no lo sé), dejándome esta inquietud de extemporáneos segundos. 

De existir un hubiera le pronunciaría sin erre gutural. A decir verdad le cantaría mientras nos hace sonido Cohen. Pero no; ingenuamente me limito a escribir, a inventar historias que convenzan futuros donde su edad es igual a la mía, y no uno o dos, cuatro, o trece años más que asfixian nuestras pláticas. Joder, por su puesto que entiendo sus chistes, que me han contado en el colegio lo que se llevó el noventa, que su mundo no me queda grande y cabe nuestro ego en una cama que no es para dos, que la vida le ha tratado bien y no parece mi padre (papá es más guapo). Que puedo no asistir a la clase del profesor más arisco, si ésta coincide con un día que no sea claro, cierre contable, apagar su móvil y ser su única preocupación por lo que dura ese instante.

En efecto, a mí una erre me atravesó el alma y se llevó mi vida, sin viajes a Europa, ni carros, ni hijos, perros y empleados, como si la suya no le fuera suficiente. 

Eventualmente soy pantomimas, ausencia de voz, ademanes, arte... ¡ah!, y una erre en la garganta.



domingo, 1 de enero de 2017

Adiós tormenta, no vuelvas a por mí.

Estréllate, rompe las gafas e identifica mi rostro con tus manos.
Estréllate y quiébrate, quiero la esquina de tu cuerpo que no corta.
Estréllate, enciéndete y fúndeme; tómame como quien tirita de frío.
Estréllate y eleva los brazos, regocíjate de la caída, más tarde yo lameré tus rodillas.
Estréllate y desordena la habitación, hazme buscarte entre los cajones repletos de fotos viejas.
Estréllate, debilita mis cimientos e inúndame.
Estréllate que la guerra ya está decretada; mírame con la ves a ella y firmemos la paz.

Estréllate, sé todos los desastres pero no me hagas pagar ni una vez más los daños.