miércoles, 22 de febrero de 2017

Tormentas en tazas de café.

Hace ya varios días que la cotidianidad me pinta el dedo; se burla la hórrida alarma puntual de mi exagerado estrés, así como la taza de café que no cesó mi sueño pero que inundó mi alma (qué irónico es hablar del alma con dolo).
Reordeno la habitación con la mera intención de encontrar bajo el montón de ropa que ese “algo”; un “no sé qué” (o quien), que me deje en ruinas.
Yo no quiero que me salven, quiero que revuelvan los cajones, que empolven las esquinas de cada rincón de esta casa que no es ni será la suya.
No quiero misericordia, pido el banquillo de acusado, con la esperanza a un juicio que esta vez sea en mi contra y pensar algún día en arrepentirme.
Yo no quiero besos en la frente, quiero arañazos en la espalda, me quedo con las heridas superficiales que no recordaré al cuarto día.
Que no, yo no quiero que me salven, quiero que griten mi nombre y corran, prefiero toda la incertidumbre que cabe en mis manos le encuentre y cantemos gloria.
Quiero exorcismos de esperanza, orgasmos en la escalera y taras para la cima de la alacena.
No quiero que me hagan el amor, quiero que me deshagan todo el que me han hecho y esta vez no escribirlo...
...quiero vivirlo.