lunes, 27 de marzo de 2017

Cualquiera diría que somos adictos al humo que sale de tus cigarrillos.

Dicen que para dejar un vicio necesitas rendirte ante él, aceptarlo. Yo lo asumo, reconozco como única adicción la cajetilla de cigarros que consumes diariamente. Cigarrillo para comenzar el día, para después de comer, para la ansiedad, para el sin quehacer o para dormir mejor.

Lo mío son los besos de quien arroja el aire a bocanadas, y no es sorpresa, quien me conoce sabe que siempre me ha gustado la bruma. Ahogarme en boca del que no tuvo palabras para mí, que el humo expulsado se dirija a mis labios, sin más. Y lo que no lo mató a él, me mate a mí, que se cuele dentro, que contamine mis entrañas, que me escueza con la frialdad característica de los días contados. 

Lo mío es la niebla, las verdades a medias, una casa en llamas que te niegas a abandonar por temor a perder lo que por años has construido, por muy en ruinas que ésta se haya encontrado antes de la catástrofe. 

Lo mío son nombres cortándome la voz y humo en la garganta, como a quien le apunta un arma por la espalda. 

Soy un bosque ardiendo, la hierba que no supo ser mala y muere al primer jalón, con un mañana que suspira por florecer. 

Quiero hacerme fuerte, vivir como si fuera la última fumada de quien ha dicho por vez primera un te amo...
¿Tienes fuego? 





lunes, 6 de marzo de 2017

Perdón por los bailes.

Hubiera preferido jamás conocer tu nombre para no anudarlo al mío, quedarme con la esperanzada incógnita corriéndose por mi garganta mientras tú bailabas con la rubia de vestido rojo que te observaba como quien ha bebido cuatro copas de valentía.
Retroceder un par de pasos y permanecer sentada en la barra de aquel bar que ahora frecuento; negar mis dotes de bailarina y darle la espalda a esa propuesta tuya para así evitarme esta vergüenza que yace del bolsillo izquierdo donde guardo a menudo el móvil, con la gris y cruda notificación de un ser que es ignorado. "Quizá sigue dormido", me miento tras mirar la pantalla, evadiendo que no volverás a llamar, porque el silencio grita cuánto le importas o no a alguien y en ese momento yo ya tenía la respuesta.
Quisiera no haber tomado tu mano, besado tu cuello, desenredado tu barba, enmarañarte a mis cabellos, sumergirme en la profundidad de tus anteojos que esa madrugada afirmaban tener miedo de verme lejos de ti.
Me he armado y desarmado tantas veces que podrían vender mi alma en la cajita de un puzzle de mil piezas, para que los pacientes me dediquen su tiempo, sabiéndose víctimas de un juego cuyo desenlace anhelan. Que no me quieran fácil y descomplicada, y procuren no comenzar por las esquinas, que su audacia los dirija al centro, donde cada movimiento es un reto que despeja el aburrimiento.
Ansío tiempo valorado, de ése que hablas con cierta presunción haciéndole saber a todo el que se encuentre a tu alrededor que cada segundo invertido ha merecido la pena.
No busco escondites ni laberintos, quiero que al final todo empiece como el paisaje que estabas esperando. ¿O no es así como se cumplen los sueños?