lunes, 27 de marzo de 2017

Cualquiera diría que somos adictos al humo que sale de tus cigarrillos.

Dicen que para dejar un vicio necesitas rendirte ante él, aceptarlo. Yo lo asumo, reconozco como única adicción la cajetilla de cigarros que consumes diariamente. Cigarrillo para comenzar el día, para después de comer, para la ansiedad, para el sin quehacer o para dormir mejor.

Lo mío son los besos de quien arroja el aire a bocanadas, y no es sorpresa, quien me conoce sabe que siempre me ha gustado la bruma. Ahogarme en boca del que no tuvo palabras para mí, que el humo expulsado se dirija a mis labios, sin más. Y lo que no lo mató a él, me mate a mí, que se cuele dentro, que contamine mis entrañas, que me escueza con la frialdad característica de los días contados. 

Lo mío es la niebla, las verdades a medias, una casa en llamas que te niegas a abandonar por temor a perder lo que por años has construido, por muy en ruinas que ésta se haya encontrado antes de la catástrofe. 

Lo mío son nombres cortándome la voz y humo en la garganta, como a quien le apunta un arma por la espalda. 

Soy un bosque ardiendo, la hierba que no supo ser mala y muere al primer jalón, con un mañana que suspira por florecer. 

Quiero hacerme fuerte, vivir como si fuera la última fumada de quien ha dicho por vez primera un te amo...
¿Tienes fuego? 





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